miércoles, junio 03, 2009

El Dios de los cineastas (y el de los otros)

Hace algún tiempo se realizó el I Congreso Internacional de Teología y Cine, organizado por la Facultad de Teología de Cataluña. Uno de los más destacados expositores fue el cineasta italiano Ermanno Olmi, en cuya filmografía figuran "El ábol de los zuecos" (1978) un retrato de la italia rural con fuertes connotaciones religiosas que obtuvo la Palma de Oro de Cannes. Más tarde realizó "La leyenda del santo bebedor" (1987), basada en la novela de Joseph Roth, que obtuvo el León de Oro en el Festival de Venecia.

Olmi, un católico crítico de la Iglesia, ha realizado hace poco "Cien clavos", cuyo protagonista, dice, es "un Cristo de las calles y no de los altares". El cineasta afirma que "en el Día del Juicio será Dios quien tendrá que dar cuenta de todos los sufrimientos del mundo". Y agrega: "Hay que poner el sentido de la oración en lo que hacemos. Dios, si existe, quiere ser reconocido, no idolatrado. A veces, una blasfemia sirve más que una plegaria porque oculta el deseo de creer."

Es una mirada interesante. Y hay muchas otras. No cabe duda que el Cristo de Zefirelli, católico, es muy distinto al de Passolini, un intelectual marxista que siempre incomodó al poder desde su honestidad y crudeza. Hasta que lo asesinaron.

Desde el punto de vista de la puesta en escena el de Zefirelli es una versión clásica, trabajado con una puesta en escena con colores cálidos, nubes a contraluz, harto filtro para hacer más etéreo al personaje, mucha grúa que baja suavemente desde lo alto, el de Pasolini, en cambio, es un Cristo en blanco y negro, con una dirección de fotografía que lo hace más crudo y más rudo, con cámara en mano, inestable, a ras de piso, tal como la cámara de un noticiario abordaría a un transeúnte en la calle.

Scorsese también hace lo suyo en "La última tentación de Cristo", basada en la novela de Kazantzakis. Allí hay un diálogo, que no es menor, de un ángel con Cristo crucificado que instala la duda de un modo frontal:

- ¿Estás seguro que es Dios, estás seguro que no es el diablo?, pregunta el ángel.
- No estoy seguro. Yo no estoy seguro de nada.
- Si es el diablo, al diablo lo puedes sacar.
- Pero, ¿y si es Dios?, responde Cristo. No se puede sacar a Dios, ¿verdad?

En la misma línea se puede interpretar buena parte del cine de Bergman que tiene una interrogante experimentada desde una profunda angustia: el silencio de Dios.

En fin, en el cine hay muchas miradas y Dios parece no perder vigencia.

Hace algunos días apareció en Chile el libro "¿Dios existe?", cuyos autores son Joseph Ratzinger y Paolo Flores d'Arcais. Un gran gesto de Benedicto XVI, no sólo por la pregunta del libro sino especialmente por dialogar con un filósofo que piensa tan distinto.

Pero hace ya bastante tiempo que Amado Nervo había enfrentado el tema a su manera: "Resolví el problema. Dios existe. Somos nosotros los que no existimos."

Lo que está fuera de duda es que Dios está en el debate. En tiempos tan descreídos y pragmáticos y oportunistas y frívolos y faranduleros, no está mal.

Christopher Hitchens publicó "Dios no es bueno", un debate contra la religión, señalando que "es la promesa vacía de los totalitarismos" y Michel Onfray publicó "Tratado de ateología" en el que sostiene que Dios no está muerto y desde allí plantea la necesidad de un nuevo ateísmo, "argumentado sólido y militante."

En Chile también ha habido aportes valiosos. "¿Qué hacer con Dios en la República?", de Sol Serrano, descrito como un análisis sobre el proceso de secularización en Chile durante el siglo XIX desde el cual emerge, según la autora, una tremenda y fascinante paradoja: cómo la privatización del catolicismo -su alejamiento forzoso del Estado- constituyó su mejor publicidad en la esfera pública moderna."

El debate llega incluso a lugares insospechados. No hace tanto entré al baño de hombres del Bar Liguria y me encontré con tres rayados hechos a la carrera por personas distintas, según deduje por la caligrafía y los plumones empleados.

El primero era un clásico: "Dios ha muerto", Nietzsche.

Un poco más abajo alguien escribió algo ya conocido, pero que no va en camino de convertirse en un clásico: "Nietzsche ha muerto", Dios.

El tercero, en cambio, me pareció que tenía la gracia y la originalidad de la desfachatez: "Dios y Nietzsche han muerto y últimamente yo también me estoy sintiendo mal". No tenía firma.

Bueno, habrá que ver cómo sigue todo esto porque para algunos la vida es algo así como a Dios rogando y con el mazo dando mientras otros, los más, se quedan a la buena de Dios, confiados, allá ellos, de que Dios aprieta pero no ahorca y los contemplativos sostienen que Dios dirá y yo, por mi parte, con todo respeto, creo que es demasiado tímido.

jueves, febrero 26, 2009

Libros conversando en la oscuridad (del Kindle2 y otras cosas)

El crepúsculo continúa su viaje hacia la noche y buscando otros fuegos me refugio en la biblioteca. Allí convivo con centenares de libros que se resisten al orden y que entran en pánico y se esconden cuando ven que me aproximo con cara de querer ordenarlos. Entonces se transforman en un montón de historias con histeria recordando a Borges cuando decía que ordenar la biblioteca es, en el fondo, una manera de hacer crítica literaria.


Tienen razón, porque las pocas veces que hago orden actúo sin piedad. Los que importan acá, cerca y a la vista, los que ya leí y me interesaron, en los estantes de arriba, no tan lejos por si vuelvo a enamorarme y estos otros, mediocres, se van a los estantes de abajo, a llenarse de polvo y olvido, o se regalan. Pero, intento no hacer un orden perfecto porque cuando busco un libro sin saber exactamente donde está disfruto el placer de viajar por los estantes explorando mundos y me voy encontrando con viejos amores o descubro amores posibles que aún no he leído.

Mis libros son locuaces y mienten sin pudor. En los momentos más íntimos conversan de un estante a otro y en ciertas ocasiones se confiesan. Son unas fieras cuando critican, a menudo tienen el mal gusto de citarse a sí mismos y cuando la hipocresía les parece conveniente no dudan en sobarse el lomo.

Odian los blogs por chantas e improvisados. De televisión prefieren no hablar (menos mal).

Y por estos días les vienen ataques convulsivos por la aparición del Kindle2, ese artefacto digital horrible, frío, gris, sin olor y más encima fanfarrón (“Que se precia y hace alarde de lo que no es”), y entonces se cuelgan del cronista español del diario El País José Antonio Millán para decir que “no se trata sólo de leer… la cosa va de hojearlos, comprarlos, exhibirlos, coleccionarlos, prestarlos, a veces recuperarlos y olerlos…”

Al llegar la oscuridad, cansados ya de tanta paranoia, se instala en ellos la melancolía. Murmuran historias terribles de los tiempos en que fueron quemados en plena calle y recriminan sin piedad al Libro Blanco, que es casi el único que por esos años se salvó.

Luego comentan con estupor el gesto del poeta Luis Omar Cáceres que por los años treinta, indignado por las erratas de su primer y único libro publicado, quemó en el jardín de su casa todos los ejemplares que logró recuperar.

Desde la segunda fila del estante que está al lado de la ventana Fahrenheit 451 dice, orguloso, que en sus páginas se denuncia a una sociedad en la que los bomberos queman libros para evitar que las personas puedan pensar por sí mismas. La estantería completa se queda en silencio. Así es que el tal Cáceres, continúa Farenheit 451, aunque haya dicho que “cuando nada se espera de la vida, algo debe esperarse de la muerte”, no tiene perdón, y lo que tendría que haber hecho es darle duro al editor porque errar demasiado no es humano.

No es para tanto, afirma displicente Juana de Arco desde el estante superior lo que desata nuevamente una trifulca, los insultos van y vienen, la batalla se generaliza y, como siempre, todos aprovechan la oportunidad para darle duro al Diccionario acusándolo de glotón y arrogante, de prepotente y autoritario. Mientras tanto, la Enciclopedia mira para el techo tratando de pasar piola.
Más tarde, para no aburrirse, matan las horas fusilando traductores, descuerando prologuistas y denunciando a los apócrifos mientras, recostado en el sillón, simulo dormir y me entero de chismes, pelambres y traiciones.

domingo, enero 25, 2009

Cuerpos en el teatro

En medio de la oscuridad de pronto se enciende una luz cenital y descubro que desde el fondo del escenario una mujer camina lentamente hacia el público a través del silencio. Su cuerpo es frágil y tiembla, a cada paso sus tobillos están a punto de doblarse, realiza un enorme esfuerzo para entrar en un mundo oscuro y desolado, siento que su cuerpo viene viajando desde profundidades muy lejanas a las que nos invitaba la obra “Purgatorio”, de Mauricio Celedón.


Y en la obra “Paraíso”, presentada por el director en la reciente versión de Santiago a Mil, los cuerpos deambulaban por otros lados. Cuerpos colectivos, agitados, apresurados. Urgidos por las guerras de un mundo tan globalizado y tan guerrero que parece olvidar la fragilidad, la delicadeza y el valor de cada cuerpo.

Siempre he tenido la sensación de que el cuerpo tiene varias capas, o varios cuerpos, pero sólo algunos asoman a la superficie. Cuerpos ocultos, enterrados, subterráneos, olvidados, clandestinos, abandonados, cuerpos que como vagabundos ciegos intentan romper las barreras del encierro, cuerpos que tienen las huellas de nuestra historia, cuerpos que tienen cosas que decirnos.


Y en “Kôrper” (Cuerpos) de Sasha Waltz (la sucesora de Pina Baush, figura clave de la danza contemporánea alemana), hay una potente escritura con el cuerpo que remite tanto a los sufrimientos en los campos de concentración nazis como a la relectura que los cuerpos hacen de sí mismos respecto de lo femenino y lo masculino.

La presencia cercana de los cuerpos en un escenario teatral tiene un enorme poder para construir emociones y estas obras, y tantas otras, me provocan la sensación de que el cuerpo tiene varias capas, o varios cuerpos, algunos asomados a la superficie o a nuestra conciencia mientras otros permanecen en las profundidades, en las catacumbas.

Cuerpos ocultos, enterrados, subterráneos, olvidados, clandestinos, abandonados, cuerpos que como vagabundos ciegos intentan asomarse, salir a la superficie, romper las barreras del encierro, cuerpos que tienen las huellas de nuestra historia, cuerpos que tienen cosas que decirnos.

Al correr de estas notas se me vino a la memoria un libro de Therese Berterat, “El cuerpo tiene sus razones”, donde afirma que si el cuerpo es una casa apenas conocemos un par de habitaciones mientras las otras permanecen ocultas, llenas de telarañas, clausuradas. Cuerpos no expresados que el teatro, en algunas ocasiones, intenta sacar a la superficie.

domingo, diciembre 28, 2008

Andrés Wood, La buena vida

De las películas chilenas de 2008 la que más me impresionó fue “La buena vida”, de Andrés Wood, por la valentía del realizador de meterse con historias que nadie cuenta, que no aparecen en los medios, que están esparcidas en el anonimato de la calle y que a nadie parece importarles, lo que finalmente termina convirtiéndose en un retrato de nosotros mismos.


En la película de Wood está una de las escenas más conmovedoras del cine chileno, aquella en que el personaje interpretado por Roberto Farías golpea con desesperación las puertas del cementerio para recuperar los restos del padre que están a punto de ser incinerados.

Me parece que lo más simbólico es la reconstrucción del cuerpo con huesos de distintos muertos pero asumidos como los restos de su padre, en un gesto filial que, por una parte, expresa, contra viento y marea, la esperanza de sentirse menos huérfano y, por otra, constituye un acto de amor hacia los menospreciados y los olvidados.

La búsqueda del padre es uno de los argumentos universales que existe desde las narraciones clásicas más antiguas que se conocen. Jordi Balló y Xavier Pérez, profesores de guión y narrativa audiovisual en la universidad Pompeu Fabra (Barcelona), en su excelente libro "La semilla inmortal", desarrollan la tesis que "las narraciones que el cine ha contado y cuenta no serían otra cosa que una forma peculiar, singular, última, de recrear las semillas inmortales que la evolución de la dramaturgia ha ido encadenando y multiplicando".

Los autores sostienen que "No debe entenderse esta pertenencia a una cadena creativa como una limitación. Muy al contrario, lo que hace el cine es evocar los modelos narrativos anteriores con una puesta en escena que provoca que una determinada escena resulte nueva, fresca, recién inventada, y sugiera una manera contemporánea de de entender una trama ya evocada en algunas de las mejores obras del pasado".

La originalidad en el caso del personaje de la película de Wood, que sin duda remite a la historia reciente de Chile, es la búsqueda del padre muerto, abandonado y desaparecido que es reconstruído con los restos de varios cuerpos en una especie de ritual sagrado que en un gesto comunitario intenta recuperar a todos los olvidados.

A propósito de esta escena recordé también un libro del historiador del cine y ensayista español Roman Gubern, “Espejo de fantasmas”, en el que afirma que, incluso de un modo inconsciente, “el cine es un espejo de un imaginario colectivo configurados por los deseos, frustraciones, creencias, aversiones y obsesiones… que convierten a los filmes en sueños públicos compartidos.”

martes, diciembre 02, 2008

La otra vida

Juanita y Antonio llegaban muy temprano al set de filmación y esperaban su turno en el pasillo. Mientras ella se instalaba unas raídas pestañas postizas y él armaba su jopo con un poco de gomina, se preparaban para resistir las 22 escenas que debían filmar cada día.A fines de los años 20, cuando recién comenzaba el cine sonoro, habían sido contratados para interpretar, en español, las mismas películas que las estrellas hollywoodenses hacían en inglés.



El cine mudo podía ser universalmente comprendido, pero cuando comenzó el sonoro surgió la barrera del idioma y las producciones norteamericanas vieron restringida su difusión en los países de habla hispana.

Se decidió entonces filmar dos veces cada película: primero hacían la versión oficial con las estrellas titulares y enseguida, con la misma escenografía aún calientita, realizaban una copia pobre con actores latinos pobres.

Juanita y Antonio estaban dichosos con ese trabajo, y en más de una ocasión conversaron sobre la posibilidad de tener hijos y formar una familia como Dios manda. Soñaban también con que, algún día, llegarían a ver su fotografía en una revista glamorosa de Hollywood.

Sin embargo, las cosas no eran fáciles para ellos. Cuando entraban al set, después que habían salido las estrellas, el asistente encargado del rodaje ya estaba de mal humor y al ayudante del camarógrafo el asunto le importaba poco o nada: entre trabajar para Greta Garbo y Melvyn Douglas o para Juanita y Antonio había una gran diferencia.

Mientras la Garbo aparecía en todas las portadas de las revistas, a la Juanita y el Antonio cada mañana el portero les pedía el pasaporte a la entrada de los estudios.La pareja trabajaba mucho y llegaban agotados a la pieza en que vivían para echarse un rato a dormir. A pesar de todo, ellos pensaban que estaban pasando por el mejor momento de sus vidas.

Pero llegó el día en que los ejecutivos decidieron que era mejor doblar las voces originales o subtitular los diálogos, así el público hispano parlante volvería a ver y escuchar a las auténticas y rutilantes estrellas, olvidándose de los Antonios y las Juanitas.

Una mañana el portero no los dejó entrar y les comunicó que habían sido despedidos, que ya no los necesitaban, que las cosas ahora eran distintas.

En plena calle, Juanita y Antonio se quedaron mirando en silencio, desolados, pensando en los hijos con que habían soñado e intuyendo que jamás lograrían cumplir el sueño de ver su fotografía en alguna revista.

En su nueva vida, que en realidad era la misma de antes, la de siempre, ya casi no se veían, porque ella tuvo que volver a trabajar de noche en algún bar de mala muerte, mientras él desde temprano en la mañana limpiaba los baños del maloliente tugurio de la esquina.