El motivo fue muy vampiro: el director no quería pagar los derechos de autor. Pero la viuda de Stoker, la señora Florence, no aceptó la mordida y entabló demanda contra la productora. Ganó y se ordenó la destrucción del negativo y de todas las copias de la película. Pero, gracias ¿a Dios o al vampiro? la distribución ya había comenzado en todo el mundo y se salvaron varias copias. Menos mal.
Después vino Drácula, para mal, cómo no, y para bien, lo que viene a ser más raro. Mal porque ha habido versiones mediocres y vulgares; bien por las de Murnau, Fisher, Herzog y Coppola, entre otras.
Una de las más interesantes es la que realiza Terence Fisher en 1958 con el intérprete histórico del personaje, Christopher Lee, alejado del vampiro ceremonial y empaquetado que hizo Bela Lugosi en el Drácula de Tod Browning en 1931.
Terence Fisher, en 1958, opta por un vampiro muy sexual y Lee construye un personaje animal, sangriento y movido por turbios deseos, lejos de toda abstracción existencial o moral. Además el director instala lo monstruoso en medio de lo supuestamente civilizado. Según algunas interpretaciones, esto es el reflejo de una sociedad que se mira y descubre demonios que no vienen de lejos sino que están instalados en la vida cotidiana.Sin duda el tema de Drácula pulsa una tecla que atrae moviéndose entre el deseo, el miedo y la muerte. Y el centro ritual está en la mordida del vampiro, una potente metáfora del acto sexual que se aproxima a ese misterioso territorio en que el dolor se encuentra con el placer, penetrando así en las turbulencias emocionales de distintas épocas y sociedades.
Y ahora llegó Vrolok, con mordidas que desatan fuertes pasiones, ¿qué conducen a la “petite mort” expresión con que los franceses se refieren al orgasmo sexual femenino? Ya veremos cuales son las pasiones chilenas ocultas que están a punto de aflorar.
En Hora 25 (jueves a la medianoche, como tiene que ser) junto a Diana Massis conversaremos con Francisca Imboden, una monjita que se llama Victoria (¿cuál será su victoria, me pregunto?), con Sebastián Layseca, Tadeo, el cochero de Vrolok que seguramente conoce sus secretos y con un personaje muy potente interpretado por Marcelo Alonso: un general que se llama Juan de Dios Verdugo (¿será el verdugo de Dios?). Hay que mirar.




Pero todo cambió y aquello exquisitamente sagrado y a la vez pecaminoso que tenía el cine se fue diluyendo, primero con el mastique desaforado en las salas y ahora con la posibilidad, que no está mal, de andar con la pantalla en el bolsillo. El resultado es que las historias que nunca te quisieron contar ahora las puedes ver en todos los sitios imaginables, no los voy a enumerar, y durante cualquier actividad, las que tampoco mencionaré para no inmiscuirme en asuntos íntimos y privados.





